El envejecimiento de la base productiva chilena que describimos en nuestro ranking de las 20 mayores minas de cobre del mundo no es solo un dato de cierre de año: abre una ventana real de sustitución de oferta. Eso fue justamente lo que me consultó Acero y Roca al analizar el pipeline de proyectos cupríferos de San Juan, en particular Los Azules y el distrito Vicuña. Comparto a continuación las ideas centrales de esa entrevista.
Los Azules y Vicuña: dos rutas, dos perfiles de riesgo
Aunque ambos proyectos comparten la misma provincia geológica, no compiten en la misma carrera. Los Azules tiene una ventaja de secuencia: su mineralización está dominada por óxidos, lo que habilita un esquema de lixiviación catódica con una intensidad de capital inicial considerablemente menor. Eso le permite, con alta probabilidad, llegar primero a producción.
Vicuña juega en otra liga. Su perfil se asemeja más al de distritos andinos consolidados como Los Pelambres o Collahuasi, pero con un desafío metalúrgico no trivial: contenidos relevantes de arsénico en el mineral, que exigen procesos de separación más complejos y costosos para entregar concentrados limpios y comercializables bajo estándares internacionales. No es un detalle menor —es la diferencia entre un proyecto que entra en construcción en esta década y uno que todavía necesita resolver ingeniería de proceso antes de comprometer capital a gran escala.
Recursos no son lo mismo que reservas
Uno de los puntos que más insistí en la entrevista es una distinción que el entusiasmo mediático suele pasar por alto: San Juan tiene una base robusta de recursos medidos e indicados, pero convertir esos recursos en reservas económicamente explotables todavía requiere ingeniería, estudios y permisos adicionales. Es una diferencia central para cualquier evaluación seria, y se conecta directamente con el riesgo regulatorio: cuanto mayor la incertidumbre institucional, mayor el costo de capital que el mercado exige para financiar el proyecto. El RIGI ayuda a destrabar la prefactibilidad, pero el capital internacional evalúa estabilidad macro en ventanas de 20 a 30 años, no de un ciclo electoral.
La integración física con Chile: el desafío es institucional, no técnico
Sobre la propuesta de integrar logísticamente el distrito Vicuña con la infraestructura del norte de Chile —agua de mar desalinizada, transporte de concentrados, operación en zonas áridas—, mi lectura es que la tecnología ya existe y está probada de este lado de la cordillera. El verdadero obstáculo no es de ingeniería, sino de marco institucional: se necesitan acuerdos bilaterales estables que den certeza jurídica a inversiones de largo plazo. San Juan y el norte de Chile están geográficamente llamados a funcionar como un sistema productivo integrado; la cordillera es una frontera política, no necesariamente una barrera logística.
La lección chilena sobre licencia social
Cerramos la conversación con un tema que conozco de cerca por la experiencia chilena: la licencia social no se construye con campañas comunicacionales una vez que el proyecto ya está en marcha, sino con un proceso continuo de construcción de confianza —transparencia, participación temprana y cumplimiento efectivo de los compromisos. Los proyectos que subestiman esto terminan enfrentando retrasos y judicialización. Y a eso se suman otros dos factores que determinan si la minería deja desarrollo real y no una economía de enclave: formación de capital humano especializado y desarrollo de proveedores locales competitivos. Ninguno de los dos surge solo; requieren política pública sostenida en el tiempo.
La ventana que deja el declive de las leyes mineras chilenas es real, pero exige pasar del entusiasmo normativo a la ejecución fina en el territorio.
Entrevista completa: «El ranking mundial del cobre y las verdades sobre los proyectos cobre San Juan», Acero y Roca, 19 de junio de 2026.